Uno de esos satélites que dan vueltas a la Tierra tirando fotos como los turistas cuando están delante del Taj Mahal, hace unos meses que descubrió a unos indios que vivían completamente aislados en un recóndito lugar de la selva del Amazonas.
Si captaran nuestro espíritu descubrirían indios a mansalva cada día, seres desorientados que no entienden nada de lo que sucede a su alrededor, espectadores de una burda comedia diaria con políticos cada vez más esperpénticos tratando de dirigir una película de esas malas, malísimas.
Digo yo que lo mejor que podían hacer con esos indios que acaban de encontrar es dejarlos como están, alejados del ruido y de las opas hostiles, de los bancos y de los tertulianos, y de tantos cantamañanas que irán a venderles gorras con el escudo de Los Ángeles Lakers. Me imagino que los americanos querrán hacerles sobre la marcha una película y que los pasearán por las teles de medio mundo como antes llevaban a los recién conquistados a las cortes europeas para mostrarlos como seres exóticos, medio desnudos y con la mirada tan limpia que no eran capaces de ver la podredumbre a la que les estaban convidando.
Necesitamos saber que en la raza humana hay seres que aún pueden evolucionar de otra manera. A lo mejor es en esos pequeños pueblos perdidos donde podremos retomar algún día la esencia que nos salve, el respeto a la naturaleza o el verdadero valor de la vida y de sus cosas. Uno quisiera creer que eso puede ser posible, pero ya sabemos que hace mucho tiempo que donde apuntan los satélites saltan inmediatamente por los aires todos los romanticismos.
