Asumí desde el primer momento que iba a estar sola. Cuando mamá ingresó en el hospital, lo hice yo con ella, dispuesta a implicarme al 100% en aquel proceso que, a priori, tenía un desenlace incierto.
Para un diagnóstico de cáncer nadie está preparado, ni quien lo padece ni su entorno más cercano que, por lo general, es la familia. No hay reglas para enfrentarse a una situación así.
Aquellas cinco semanas en el hospital fueron durísimas. Una complicación tras otra no hacían más que acrecentar la sensación de que el precipicio estaba a punto de abrirse hueco bajo mis pies. Me moría de miedo. Aún consciente de la gravedad, procuraba mantenerme serena, empeñándome en transmitirle una seguridad que ni yo misma albergaba. Los días y las noches se confundían en mi percepción del tiempo, podía cerrar los ojos y volver azul lo que fue blanco, o rojo lo que era negro. En situaciones de profundo desamparo hay que trabajarse pequeños momentos de felicidad por uno mismo.
Nadie me preguntó cómo estaba, yo no era la enferma.
