Ella quería casar bien a la niña. Nada de empleadillos de medio pelo. La niña tenía que salir del barrio y vivir una buena vida. No como la suya, tan cutre, tan con olor a rancio. Tenía que salir de ese bloque de pisos lleno de pantalones vaqueros tendidos. No es que las vecinas no lavaran otras prendas; en realidad lo de los vaqueros era testimonial en un abigarrado muestrario de sábanas, bragas, paños de cocina, camisetas zurcidas...
Pero a ella le disgustaba de una manera rotunda, porque había convertido esos pantalones en la metáfora de su propio fracaso.
No era cuestión de tener, podía tener de todo, modesto, pero de todo; era una cuestión de querer. Y como siempre quiso más, pues no era una mujer feliz.
"Por Dios, que cutre es la Carmela", le decía a su hija al volver de la clase de piano, cuando, desde la carretera, veía a lo lejos los vaqueros de la del tercero, meneándose al compás de la ventolera.
La niña había heredado toda la estupidez de la madre. Pensándolo bien, no creo que fuera congénita, yo diría más bien que era inducida, pero no de una manera sutil, sino como alimentan a las ocas que van a usar para hacer foie gras, con un tubo por la garganta y empujando la comida con un palo.
Como resultado del lavado de cerebro, la hija estaba convencida de que provenía de una distinguida familia venida a menos, aunque solo de forma momentánea y en buena medida por culpa del tolete de su padre.
La heredera iba a clases de piano, aunque no tenían piano ni sitio donde ponerlo. Vestía siempre de boutique y visitaba a menudo la peluquería del barrio, lucía zapatos de todos los colores que su madre compraba en tiendas tan fashion como horteras. A cambio de tanto lujo, en aquella casa no se comía más que caldo de papas y papas con caldo.
La niña, claro, era tonta perdida, tanto como su madre y, también como ella, miraba a los demás por encima del hombro. Madre e hija eran famosas en el barrio. Las llamaban "las marquesas". Y se reían de ellas.
Pero ellas, a lo suyo. Pasaron los años y el príncipe azul que iba a redimirlas de su cutre condición, no acababa de llegar. Algún pretrendiente tuvo la niña, pero pronto ponían pies en polvorosa cuando empezaban a intuir de qué iba la movida. Otras veces era al contrario, eran ellas las que descartaban al pobre imbécil que mostraba interés por la niña, cuando olían que el dinero, lo que se dice dinero, brillaba por su ausencia.
El padre murió de aburrimiento o tal vez de un caldopapismo agudo. La madre también, aunque no sin antes hacer prometer a su heredera, desde su lecho de muerte y con gran pompa y ceremonia, que no se casaría con cualquiera.
Hoy la pequeña marquesa pasa de los cincuenta y vive triste y sola en el piso que fue de sus padres. Solo usa vaqueros, que tiende al sol, eso si; con muchísima distinción.