Rapada a lo teniente O´Neil, lesión en el tabique nasal y ridícula carrera con ramalazo de ordinariez incluido, fue el balance que me dejó la víspera de Reyes. Dicho así pudiera parecer que me metí en un lío, pero no, nada más lejos de la realidad.
El 5 de enero por la mañana, después de encargar el roscón de reyes en mi panadería habitual, me acerqué a la peluquería por si tocaba la flauta y me cogían para ese día. Con el jaleo de las fiestas no había pedido hora y lo más probable era que me mandaran a tomar viento fresco por donde mismo había venido, no obstante, quise intentarlo. Efectivamente, imposible atenderme ese día. Lleno hasta la bandera.
Volví sobre mis pasos pensando que en realidad había sido un capricho, no era necesario cortarme el pelo justo esa víspera de fiesta, podía haberlo hecho antes o esperar un par de días más. En esas estaba cuando me tropecé de bruces con alguien cercano a mí que muy efusivamente me saludó:
- Hoooola Fayna ¿qué tal? ¿Ya tienes todos los paquetes preparados? jeje
- Pues no, la verdad jeje. Preparado solo está lo que ya saco de la tienda empaquetado, el resto lo prepararé esta noche después de la cabalgata, como cada año. ¿Y tú? ¿ya acabaste?
- !Que va! me quedan un par de cosas, pero las tengo controladas. A comprarlas iba ahora mismo. ¿Tienes prisa? Acompáñame y luego nos tomamos algo.
Y tomándonos "algo" creo que fue cuando comenzó a confabularse mi mala suerte. El inocente comentario de:
- Venía de pedir hora en la pelu cuando nos encontramos...
Dio paso a:
- Mujer, no tienes necesidad de esperar para cortarte el pelo. Ya te lo corto yo en un momento. Me paso por tu casa después de comer y cuando vengan los niños para ver la cabalgata ya estarás lista ¿ok?
Me lo puso tan fácil y se mostró tan decidida y segura que otorgué como una idiota. Sabía que era peluquera, pero también sabía que no ejercía desde hacía mil años, con lo cual, alguien medianamente razonable hubiera puesto el ofrecimiento en cuarentena, pero yo no. Yo dí por hecho que cortar y peinar había sido lo suyo y que eso debía de ser como nadar, patinar o montar en bici, que no se olvidaba nunca.
El caso es que, emparejando un poco por aquí y otro poco por allá, cuando me quise dar cuenta tenía más desniveles en mi cabeza que los jardines colgantes de Babilonia. Aquello no había forma humana de enderezarlo. Cuando me miré en el espejo casi me da algo.
- !Dios mío! ¿Pero esto qué es?
- No te preocupes que aún no he terminado.
- Mira, este desaguisado no hay Dios que lo arregle. !Pero si a este paso me vas a dejar sin pelooooo!. Coge la máquina, ponla al dos y pásala por encima del millón de escaleras que me esculpiste. Entre sollozos -tía, que parezco un hare krishna-
- No es para tanto, Fayna. Si estás monísima.
- Acaba de una vez que no respondo. (A estas alturas estaba ya incandescente por dentro y por fuera).
La despaché sin miramientos y cuando llegó mi familia casi no me reconocen. Por un lado la rapada, y por otro, la hinchazón de tanto llorar.
El caso es que después de estar consolándome un buen rato,(el afán de mi madre por asegurarme que no me quedaba mal, no hacía más que confirmar el desastre) decidí darme una ducha y poner toda mi atención en los ojos, haciendo un intento desesperado por resaltarlos con el maquillaje y así desviar, dentro de lo posible, la mirada del pelo.
Lo hecho, hecho estaba y ya no tenía remedio, con lo cual tocaba resignarse y positivizar la situación. El pelo crecería y al cabo de cierto tiempo vería todo esto como una simpática anécdota.
Dos horas después me encontraba en la Cabalgata con mi hija pequeña y Ulises, éste último de cinco años, que había traído su carta para entregarla en mano, no fuera a ser que el correo la extraviara.
Estábamos entretenidos, bailando al son de Bob esponja, sacando fotos con Chip y Chop, cuando detrás de la siguiente carroza vislumbramos entre flases la corona del imponente Melchor. Se acercaba el primer rey, pero Ulises quería esperar a Baltasar, que era su preferido, y menos mal, porque justo cuando teníamos las patas del primer camello, literalmente, a tiro de piedra, impactó a toda velocidad y con asombrosa precisión un caramelo en mi tabique nasal con tanta fuerza, que el dolor que me produjo hizo que instantáneamente me quedara en cuclillas viendo girar estrellitas con sus constelaciones correspondientes alrededor de mi rapada cabeza, y derramando tantas lágrimas imposibles de contener como para llenar un estanque.
En ese momento pensé:
- !Que ironía! Me parto de risa con el auto de
aquél magistrado onubense y ahora me ocurre lo mismo que a aquella señora, !es increíble!.
Me recompuse como pude y haciendo de tripas corazón seguí estoicamente de pie junto a Ulises esperando el paso de Baltasar mientras mi nariz latía como el tambor de Toro Sentado, hinchándose por momentos.
No es de extrañar que dadas las circunstancias no estuviera todo lo atenta que debiera, pero Ulises tuvo reflejos y, cuando tuvo a Baltasar delante sacó su carta del bolsillo y se acercó lo que pudo para entregársela. Como Ulises es tan chiquitito en comparación con el camello, Baltasar no lo vio. Pero yo si que lo vi y rauda, como una heroína de cómic, cogí al niño en brazos para que el rey mago pudiera verlo. Pero ni con esas.
El rey seguía su marcha sin detenerse y las opciones de Ulises iban disminuyendo. Cuando comprobé que el camello aquel no iba a parar, solté al niño, cogí la carta y empecé a correr detrás del cuadrúpedo al grito de ¡Baltasar, Baltasar, coge la carta!
Corrí unos metros, otros más, y a punto estuve de recibir un pisotón del animal. Había dejado a Ulises atrás y Baltasar seguía sin hacerme caso, pero yo no podía fracasar en mi misión. ¿Qué iba a decirle al crío?
¡Baltasar, Baltasar, coge la carta! Y Baltasar, ni caso. Él saludaba a la multitud a derecha e izquierda, pero no reparaba en la mujer que le gritaba por el flanco derecho con un sobre en la mano.
Al cabo de unos minutos que me parecieron eternos, casi sin resuello y a punto de claudicar, pensé en encaramarme acrobáticamente por el cuello del camello y darle un jalón de la barba y dos o tres cachetones, pero finalmente grité: ¡Coño, Baltasar, coge la puñetera carta!
Mano de santo, fue ponerme ordinaria y darse la vuelta un voluntario de protección civil, creo, que iba junto al camello. Me cogió la carta y se la entregó al rey mago. Y yo pude darme la vuelta y hacerle a Ulises el signo de la victoria con los dedos índice y corazón de la mano derecha.
Fue todo un poema ver la cara de los míos cuando regresé a casa con aquella protuberancia en la nariz del tamaño de un garbanzo remojado y morado como una berenjena.